viernes, 13 de febrero de 2009

DES-CUIDANDO A LOS HERMANOS


Las atenciones que requiere un hijo o hija con discapacidad pueden distraer nuestra atención y producir un desequilibrio en la relación con nuestros otros hijos. Como este es un hecho involuntario, es probable que no nos demos cuenta al momento que sucede.
Esta situación podría generar -con justa razón- tensiones emocionales, que pueden ser superadas en el tiempo, pero también se corre el riesgo que dejen marcas más o menos profundas entre padres e hijos.
Incluirlos en las actividades familiares sin hacer distinciones es una buena práctica. "El no va a la fiesta porque tiene retardo mental ó dejemos en casa al que usa silla de ruedas", son frases que podrían haber sido frecuentes en un pasado no muy lejano.
Es bueno saber que la nueva generación de padres es mucho más comprensiva y las familias modernas son más integradoras.
Volvamos al tema de los hermanos. Un niño menor de tres años es demasiado pequeño para comprender qué está sucediendo con su hermano recién nacido, por lo que debemos tener cuidado con nuestras actitudes. Un clima sombrío, con frases interrumpidas cuando aparece el pequeño puede provocar un estado de confusión en el hijo mayor, para quien no pasará desapercibido el estado de depresión de los padres.
Esconder los sentimientos no ayudará, por lo que será muy saludable para todos recuperar el buen ánimo y afrontar con valentía y aplomo una situación que es irreversible.
Con más de tres años, los niños pueden entender una explicación básica, si es brindada por ambos padres y en presencia del bebé con discapacidad. Por favor, en estas circunstancias, el llanto, las expresiones trágicas o las acusaciones están excluídas. Es evidente que, previamente, la pareja ha tenido que resolver la primera etapa de desconcierto, para dar paso a la aceptación plena de su hijo con habilidades diferentes.