Todo ello hace que la discapacidad tenga una incidencia signicativa en la vida familiar en aspectos como:
- La sensación de soledad y desorientación luego del shock inicial que puede producir dificultades posteriores para lograr la aceptación.
- Aparición de stress que puede mantenerse en forma crónica cuando la persona con discapacidad se convierte en el eje central, limitando la satisfacción de necesidades de atención de los otros miembros de la familia.
- Desconocimiento de cómo actuar en la educación y el desarrollo de la persona con discapacidad al faltar asesoría e información.
- Falta de confianza en las posibilidades de la persona con discapacidad o en el otro extremo, la aparición de las dañinas actitudes sobreprotectoras.
- Desestructuración familiar que puede devenir en abandono, divorcio o separación de la pareja, así como desatención a los demás hijos.
- Bloqueo que imposibilita disfrutar situaciones familiares o de pareja. Padres que se convierten en mártires y se niegan a organizar tiempos de respiro.
Si te identificas con alguna de estas situaciones, apresúrate en cambiar: Infórmate o busca orientación profesional. Evita la desesperación pero actúa. No te quedes con los brazos cruzados. Tu hijo merece tu atención y tu familia también, pero principalmente quien tiene que cambiar eres tú.

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